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Educación y prudencia

Educar es una tarea más amplia que el enseñar y es totalmente distinta del adoctrinamiento. Educar es acompañar al educando para que mejore sus capacidades innatas o las adquiridas con el tiempo, dotándole de posibilidades para que su creatividad y su sabiduría puedan responder a toda situación profesional, familiar y social de la mejor manera posible.

Por eso, la buena educación está reñida con la invasión del educando y es amante respetuosa de la libertad del mismo. La admiración por el educando parte de la valoración positiva del ser persona y de la riqueza interior que posee. Ya sea por el conocimiento que se adquiere desde los primeros momentos de la infancia o por el estudio proporcionado a la edad, toda persona tiene su almacenamiento de datos, de ciencia, de sabiduría y a eso se le añade algo tan importante como es el «saber hacer», el «saber utilizar» todo eso en beneficio de su perfeccionamiento y del perfeccionamiento de los demás.

El educador -en su actitud de respeto- ha de conjugar su ser prudente y el sentido común le orientará para saber detectar cómo está el educando o un grupo de educandos. Una vez que advierte la situación, perderá el tiempo en explicar o tratar de convencer al educando qué es lo que -desde la interpretación del educador- le sucede, o cuáles son sus buenas y malas posibilidades de actuación en cualquier aspecto. Una buena empatía es necesaria al educador para que, una vez analizado y diagnosticado al educando, se le hagan las mejores propuestas para su mejora personal; la prudencia hará detectar al educador qué debe callar, qué debe desvelar al educando y qué objetivos puede sugerirle, así como la forma de sugerírselos.

Toda la tarea educativa será tanto más eficaz cuanto más se trate de desear el bien del educando, lo que no se hace sino desde el cariño por la persona. Una vez elaborada la propuesta, el buen educador sigue a cierta distancia al educando, dejándole actuar con libertad; en el ejercicio de esa libertad encontrará el educando la manera de esforzarse para lograr los objetivos y esa batalla -a veces grande para él- le hará mejorar su persona.

El educador debe entender bien dos aspectos distintos y complementarios de loso objetivos para educando, uno es de carácter científico, por el que aprenderá la ciencia que corresponda, y el otro es de carácter social, relacional, ético o moral, por el que el educando sabrá responder siempre -y a pesar de sus errores- para la consecución del bien.

Aceptarse, aceptar, acoger, comprender

Conocido es que es muy difícil conocerse a sí mismo. En ese marco de examen introspectivo -que no debe llevar a ninguna obsesión y ni siquiera exageración-, es cierto que conviene saber las características personales, el carácter, el temperamento, las tendencias personales, los modos de reaccionar ante situaciones. Al fin y al cabo, por la experiencia de la vida, se acaba sabiendo cómo van siendo habitualmente nuestras respuestas ante modelos de situaciones; por ejemplo, una persona puede saber que cuando le hablen de modo tajante o seco se puede poner en actitud defensiva y llegar a actuar como si le estuvieran atacando o insultando, cuando puede que eso sea una visión errónea debido solo a una impresión momentánea.

Hacer mal, e incluso a hacer mal, cosas del estilo del párrafo anterior puede llevarnos a alejarnos de personas e, incluso, tener problemas con los demás. En ese caso, la relación social es defectuosa.

La consecuencia insospechada de conocerse es que cada persona puede aceptarse a sí misma como es; eso le lleva a convivir con todas las características de su persona y puede consultar con un libro o con un experto acerca de su carácter y de os modos de mejorar dentro del marco que le es dado o que ha ido consolidando a lo largo de los años. Cuando una persona se entiende a si misma se echan lejos los asombros, los escándalos, las sorpresas y muchas reacciones más ante los diversos caracteres de las demás personas. El siguiente paso es estar más propenso para agradecer lo bueno que se posee y tratar de rectificar lo no conveniente que se ve en sí mismo.

Y aún más lejos llega esa persona que ya se conoce: cuando trata con los demás y advierte cómo son, ya no critica, ya comprende; ya no se sitúa por encima de los otros, sino que sirve; ya no es intolerante ante los defectos de los demás, sino que trata de ayudarles. En definitiva, sabiendo lo menor posible cuáles son las características personales, esa persona comprende a los demás, se convierte en un faro que alumbra y guía a otros que quizá no se conozcan tanto e incluso pueden sufrir por sus comportamientos o ser guiados erróneamente por un mal enfoque o tratamiento de su carácter.

Acerca del noviazgo

Por su interés -de caracter y permanencia universal y atemporal- se recogen aquí unas palabras del libro de María Hernández-Sampelayo Matos, de título «La educación del carácter», Editorial Umelia, Madrid 2007, páginas 65-67.

La autora trae a su libro palabras de la entrevista de una madre y abuela estadounidense llamada Judy y dice lo siguiente:

«Cuando un hombre o una mujer se plantean buscar una esposa y madre de sus hijos y lo mismo la mujer un buen esposo y padre para los hijos ¿en qué deben fijarse? Está claro que no solo en aspectos físicos de la pareja, sino en cuestiones mucho más profundas e importantes».

«Deben dedicar un tiempo a conocerse muy bien el uno al otro: lo que cada uno piensa respecto a la religión, los hijos, la forma de vida que quieren tener, dónde quieren vivir, qué opiniones tienen respecto a la política, … Si estas cuestiones no están claras antes del matrimonio, en el futuro puede haber muchos problemas».

Entre el yo y el tú

La escritora Jutta Burggraff dice que «conocer nuestro mundo interior y gozar de él es un consuelo para cualquier persona (…) Pero la libertad interior no es una trinchera, detrás de la cual cada uno se aísla dando la espalda a los demás» y aclara que así se queda la persona sin amistades porque es necesario dar el segundo paso, el de «abrirse, manifestar y ejercer al libertad». Así termina el razonamiento diciendo que «La persona, por un lado, es capaz de conocerse y poseerse. Pero, por otro, también está hecha para entrar en comunión con los demás; se refiere constitutivamente al otro. Ser hombre (se refiere al ser varón o mujer, del género humano) , quiere decir co-existir, intimidad abierta».

Así, entrar en el yo permite la seguridad de actuar para los demás y -de esa forma- seguir haciendo el yo. Yo y tú, yo y vosotros, se complementan para cada persona; la riqueza del yo se expande a los otros y de los otros se enriquece el yo en un juego eterno.

El amor entre la sensibilidad y la inteligencia

La persona nacida en el seno de una familia que se quiere, sabe querer porque se siente querido. Al crecer irá llegando a la primera fase de pretender relacionarse con personas que no son de su familia y de establecer baremos de autoestima y de aceptación social; así llegará a los quince años de vida, aproximadamente. Será en los cinco siguientes años cuando se desarrolle la necesidad de estar con los demás en los niveles de estudio, relacionales, laborales, deportivos, espirituales, ideológicos, festivos, amistosos y amorosos.

Esa persona, que comienza a establecer con autonomía los pilares personales para su vida, habrá sido orientada o educada de muy diversas maneras para entender qué es el amor. La historia de su propia familia, el ejemplo de sus padres y hermanos, las noticias recibidas de cómo se aman -o no- las personas de su entorno, las noticias de los medios de comunicación y muchas referencias más colaborarán para que la persona se elabore su propio concepto de amor.

Mientras tanto, esa persona siente la sensibilidad, los afectos y los sentimientos en un primer lugar; son los instintos más inmediatos y elementales del querer y del ser querido sin atender a otros elementos más elevados de la persona que ilumina la inteligencia. Si el niño o el adolescente piensa, o se le ayuda a pensar, concluirá que los aspectos intelectuales son más importantes, duraderos y valiosos que los sensibles, hasta llegar a comprender que se puede amar con dolor o sin consolaciones sensibles.

La educación de los afectos, de los sentimientos, de la inteligencia y de la voluntad tendrán una gran importancia para colaborar a un recto entendimiento del amor por esta persona que se está haciendo y que en época adolescente o primeros años de juventud ha de forjar.

Si se diera el caso de incidir educativamente en la sola inteligencia se puede estar ayudando a que la persona vaya perfilando únicamente amores platónicos, idealistas, fuera de la realidad y llegue a considerar irresistible la relación social por no adaptarse a sus deseos.

Si el caso es el de incidir educativamente en la sola voluntad, la persona que crece verá únicamente la necesidad de un esfuerzo constante que le hará la vida aborrecible, muy cansada.

Si la persona no se orienta ni por la inteligencia ni por la voluntad ni por ningún otro criterio razonable, se verá abandonada a la sensibilidad y los sentimientos para lograr únicamente un pseudoamor falso, también irreal, donde lo importante es el sentimiento variable, recibir y dar afectos sensibles en los que más que amor se intenta el bienestar placentero que complace el cuerpo y la piel.

La unión a la que tiende el amor debe ser primordialmente inteligente, conforme a la característica más alta de la persona. La inteligencia orientará todos los demás aspectos que favorecerán la unidad de las personas que se aman y lo lograrán conforme a las características propias de las relaciones paternales, filiales, familiares, amistosas, laborales, de noviazgo o esponsales. Si, al contrario, se llama amor al sentimiento emotivo y corporalmente sensible, lo más probable es que en poco tiempo haya un fracaso en esa unión o relación de amor porque está construida con unos cimientos débiles que no resistirán con la fuerza y solidez de la inteligencia y la voluntad las dificultades -pequeñas o grandes- que les venga a lo largo de los días, le faltarán herramientos para avanzar, romperá con las personas que así no les satisfacen y buscará otras en unas relaciones inestables que le llevarán a un fracaso vital.

Algunos poetas saben expresar el amor con elevada inteligencia y a continuación se verán dos muestras.

De Pedro Salinas: «Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos pulsas el mundo, le arrancas auroras, triunfos, colores, alegrías: es tu música. La vida es lo que tú tocas».

De San Juan de la Cruz: «Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras».

El buen amor capta, acoge y se entrega a la persona amada desde lo más alto de la persona, ordenando todos los aspectos que percibe, tanto externos como interiores e invisibles.

Alegría

Los acontecimientos buenos alegran a la persona; es el caso de un buen día, de un éxito profesional, del recibir un elogio o sentirse querido; pero no se asocia la alegría a únicas situaciones favorables porque la alegría no depende solo de lo externo físico, social o familiar. La alegría es algo interno que emana de una situación personal de goce consigo mismo y con el entorno.

La alegría superficial brota con facilidad de cualquier acontecimiento benéfico, simpático o gracioso que nos congratula; es de poca envergadura esa alegría en la vida de una persona. Es mucho mejor una alegría que tenga un contenido profundo, que se ajuste a la consecución de objetivos personales y, mucho mejor, al logro de la perfección personal. La primera alegría -más superficial- puede provocar fácilmente la risa, la segunda alegría -más profunda- puede ser compatible con la seriedad externa, que no es tristeza sino asentimiento de una verdad lograda.

La alegría es algo tan amplio y tiene tanta proyección que es posible incluso en situaciones de contrariedades, difíciles o adversas; ésto se explica porque la alegría buena no es la inminentemente relacionada con situaciones placenteras, sino que ve más allá de lo cercano y mira a los grandes ideales del proyecto personal.

Pero la óptima alegría es mucho más grande de lo que pueda sospecharse porque es capaz de reservar cualquier situación de frivolidad a causa de los defectos que puedan parecer «graciosos» -normalmente con una mal calificada gracia debida a la herida que se le hace a otra persona por su defecto o su incapacidad anormal- para volcar el cariño y gratuidad en el discurrir el tiempo y los días con otra persona acompañándole en su camino por la vida, siempre o en cualquier situación temporal breve.

Lo mejor de la alegría y lo que más positivamente le califica y le honra es que mana del amor, por ello ayuda, comparte, anima, goza, serena, acompaña, alienta en todo aquello que parece agradable y benéfico así como en lo que es o pueda parecer agrio, desagradable, contrario o penoso. La persona que sabe mirar con profundidad a la vida es siempre alegre.

La comprensión y sus límites

La estructura propia del ser humano le hace sociable; desde un estudio de carácter negativo, no podemos entenderle como solitario y en el grado de perfección de los vivientes tenemos ejemplos de seres sociables de menores capacidades que los humanos, por ejemplo el caso de las hacendosas y trabajadoras hormigas, el otro caso de las aves que organizan sus nidos y atención a sus crías o los animales que se agrupan en manadas.

Pero el humano es mucho mayor que todas las demás especies, es más grande, tiene más capacidades, percibe con mayor profundidad, expresa sus sentimientos, organiza con su palabra.

Al aspecto relacional hay que añadir a cada persona algo que solo el género humano tiene en posesión: amar. Aunque se puede estudiar y sacar conclusiones de qué pueda ser el amor, todos entendemos que amar es conocer, comprender, ayudar, procurar que la otra persona -y todas- sea feliz. Amar y hacer bien a una persona lleva a percibir fácilmente sus buenas capacidades y sus buenas acciones a la vez de no tener en cuenta sus defectos y errores porque se estima y se desea que logre autoperfeccionarse. El que ama se entrega a la persona amada en sus diversas facetas de relación: hijo, padre, amigo, esposo, esposa, familiar, compañero de trabajo, novio o novia, vecino, transeúnte necesitado, etc.

No obstante, el otro no debe ser pasivo y, aún menos perezoso ni malintencionado; por eso será un gran bien que se ponga en marcha para lograr el bien más por sí solo que mediante ayudas de otras personas que dicen amarle. Es más, quizá pueda suponer un daño ayudar tanto que se suplante la personalidad del otro, o se comprenda sus defectos y se perdone tanto sus errores que se le consolide en conductas indebidas no conformes al ideal de persona.

Una expresión popular dice que si alguien tiene hambre no se le de un pez sino que es mejor enseñarle a pescar; alguien puede compadecerse del hambriento y darle el pez como remedio inmediato, pero así el hambriento volverá a padecer hambre. Puede parecer poco comprensivo, nada misericordioso e incluso cruel el hecho de no darle un pez y entretenerse en enseñarle a pescar cuando esté claro que se ha de resolver un problema inmediato de hambre, pero resulta más rentable darle una clase de pesca, más rentable en el orden de situar al otro en la verdad de forma permanente. A la persona más dada a considerar la lástima en el otro le dará pena que no se de un pez de inmediato, pero ha de entender que enseñarle a pescar es más duradero.

En consecuencia, ¿hay que ser duro e intransigente, casi inhumano, ante una desgracia ajena?, ¿no hay que dar limosna al mendigo o consolar al triste o acompañar al solitario? Hay una respuesta que parece querer salirse del juego: depende. Si nos tropezamos con dos mendigos en el que uno declara a otro -es un caso real- que acuden a lugares donde se da comida y enseres, pero que no coge de todo porque no le gusta, entonces ayudar mucho a este “depende” de si se considera oportuno o no; y liberar de una cárcel al castigado por una culpa demasiado importante es cuestión de mucho estudio en previsión de que al salir no vaya a reincidir.

Llegamos al punto importante que limita la comprensión: ¿hasta qué punto he de ser comprensivo, solidario, bondadoso, compasivo y solidario? ¿Hasta qué punto se ha de ser comprensivo?, ¿siempre?, ¿debe haber un límite?, ¿hay algún momento o alguna razón por la que la comprensión ha de ser suspendida y trazar una barrera que no se deba traspasar? Parece que esas preguntas tienen una doble respuesta: a) sí se debe ser comprensivo, cariñoso y solidario siempre y con cualquier persona; b) el límite o la suspensión de la comprensión -solo a efectos prácticos- se debe dar cuando queriendo el bien de esa persona se le quiere exigir un esfuerzo que solo ella puede y debe hacer por sí misma.

Sirvan como últimas iluminaciones algunos ejemplos: al niño pequeño se le lanza andar, aún con peligro de que se pueda caer, bajo la atención amorosa de sus padres; al caballo (no importa la comparación porque somos animales racionales) se le castiga para que corra o se le obliga a saltar un obstáculo con el que tropezó en beneficio de que no se vuelva inservible; al que burla la ley se le enjuicia y sanciona; al niño perezoso se le razona o se toman algunas medidas para que estudie y se forje fuerte o incluso sabio.

Es decir, hay que comprender -y la buena tendencia es tendiendo a la infinita comprensión- aunque también hay que exigir y, sobre todo, proporcionar herramientas para triunfar como persona aunque duela la exigencia, una exigencia que será muy buena dentro del marco del amor y la comprensión porque lo mejor no es la comprensión sino que la otra persona se sitúe en el bien, en la verdad, en el amor, en el buen hacer, de forma que la felicidad personal será poder ver que el otro a quien se ama ha alcanzado libremente su felicidad.

Dialogar con razones adecuadas

A veces observamos diálogos públicos en reuniones de diverso tipo. Los reunidos son guiados por alguien a quien se le ha otorgado el cargo de la dirección y lleva un orden determinado para desarrollar el diálogo y las intervenciones. Es bastante frecuente o suele suceder casi siempre- que se inicie todo con templanza, pero en algún momento suele pasar que se exasperan los ánimos y se levanta la voz. Es el punto en que alguien no razona con tranquilidad sino que es llevado por la impaciencia, la ofuscación o -todo puede ser- por cierto interés desafortunado.

Es necesario conservar siempre la estabilidad emocional que es guiada por los principios adecuados y oportunos que llevan a conseguir unos objetivos en coherencia con lo que se persigue en la reunión. Se han de eliminar los juicios irreflexivos, atrevidos o no ratificados ni comprobados. Es decir, hay que usar de la inteligencia bien educada.

La serenidad ha de llevar a conversar en un tono agradable para los demás. Se han de tratar, diagnosticar y resolver asuntos de envergadura, pero nunca cuestiones de orden personal porque es seguro que el carácter o porte de una persona no sera motivo de una reunión de trabajo, a no ser que se tratara de acciones con comprobado efecto positivo para aplaudir o negativo para corregir dentro de la legalidad. Toda persona ha de ser respetada en todo momento. Es decir, hay que usar de la voluntad bien educada y ordenada al bien.

En cualquier caso, una reunión de trabajo es una reunión de personas en la que se ha de procurar el bien de todos a través de las conclusiones operativas que se hayan concluido.

Fin de los visigodos: Castilia, Garnata e Ilíberis

En el año 622 comienza en la llamada Hégira y Mahoma se lanza a la conquista del mundo para Alá y en nombre de Alá.

En el año 672 muere el rey Recesvinto.

Hacia este tiempo tenemos tres poblaciones muy cercanas: en primer lugar esta que piso de Iliberis, en segundo lugar la Garnata al-yahud de los judíos alzada sobre la colina frontera de la Alcazaba de Ilíberis que está separada de la Alcazaba Cadima por el río Darro, en tercer lugar la Castilla de origen ibérico o romano que vemos enfrente. En cualquier caso, los visigodos han seguido fortificando las murallas y se han ocupado de las comunicaciones.

Por esas fechas el rey visigodo Witiza tiene dificultades con el noble Roderico y los musulmanes del norte de África llegan en ayuda del rey godo. En el año 711 Tarik cruza el estrecho que nos separa de África y gana una batalla en Guadalete. Tarik y los suyos son más activos que los godos peninsulares y esparce su llamada islámica por la península; en tres años se han apoderado de toda la península a excepción de la franja del Cantábrico. Los jefes invasores son árabes, pero la tropa está compuesta por bereberes del norte de África.

Tarik ha conquistado Écija y después somete Ilíberis. Los judíos de Garnata al-yahud han ayudado a los musulmanes por su odio a los cristianos visigodos. La sumisión de Iliberis dura poco y en el 713 los judíos piden ayuda a Muza, quien envía a su hijo ‘Abd al-‘Aziz, que por fin somete a Iliberis y la llama Ilbira que será la capital. Se derriba primitiva Alcazaba para imposibilitar la resistencia de los nativos y en Castilla se establece el cuartel general dependiente de Damasco. En Castilla se construye la mezquita para los habitantes de toda la vega y también de Garnata y de Iliberis, que queda reducida a un lugar secundario desde ahora.

Pero Castilia es un lugar más bien agrícola y mal dotado por la naturaleza para la defensa. Por eso los musulmanes vuelven a fijarse en la antigua capital sobre la colina; su emplazamiento y sus defensas ofrecen mayores garantías.

Los visigodos son llamados a su fin y en Córdoba se instalará un gran califato. Poco a poco va entrando la cultura islámica entre los pobladores; la ciudad ilibérica pasa a ser la Alcazaba Cadima. La Alcazaba se situaba sobre la ciudad romana, en la parte más alta y llana de la colina y se amuralló valiéndose de elementos previos de otras civilizaciones.

Ilíberis de bárbaros, bizantinos y visigodos

Pasa el tiempo y el esplendor romano se torna decadencia. Unos extranjeros ayudan a los ejércitos pero al paso del tiempo van tomando decisiones y tierras. Hoy les llamamos genéricamente con el nombre de bárbaros. Hacia el año 419, vándalos, silingos y alanos pasean por esta tierra y luchan entre ellos hasta que un caudillo, Walia, logra la paz. Más tarde se expulsa de aquí a los silingos y a los alanos para someter toda la comarca al emperador Honorio. En el año 421 nos dominan los vándalos hasta que el rey Leovigildo logra dominar Andalucía para su imperio visigodo. Romanos y vándalos son desterrados por los godos; ahora la Bética romana es dividida en dos regiones: Hispalis, en la parte occidental y Bética, en la parte oriental. Esta división dura hasta el siglo VIII.

En el siglo VI hay una corta dominación bizantina, entre los años 552 y 554, porque han llegado a la parte oriental de la península ibérica; luego continúan de nuevo los visigodos. Se construyen casas… nueva cultura…. Los capiteles y columnas serán acarreadas luego por los nazaritas para sus palacios, baños, etc.

La destrucción de Jerusalén esparce a los judíos una vez que se derrumba el Templo en el año 70. Dicen que llegan tapiceros…. En esta zona geográfica se han asentado al lado sur de la colina que tenemos enfrente. Se le conoce como Garnatha Alyejud y se sitúa a la caída de las actuales Torres Bermejas.

El nombre de nuestra ciudad aparece en monedas y medallas de los reyes visigodos Recaredo, Viterio, Gundemaro, Sisebuto, Suintila, Chintila, Egica y Witerico; los nombres con que aparece son: “Liberi pius”, “Pius Eliberri” y “Pius Eliber”. Estos mismos nombres aparecen en otros documentos de la época y, en especial, en los concilios de Toledo y Sevilla. A estos concilios asisten algunos de nuestrosa obispos: Stephanus acude al Concilio III de Toledo, Etherius va al Concilio IV de Toledo, Ala está presente en el Concilio VII de Toledo, Arribado en el Concilio XII de Toledo y Centurias acude al Concilio XVI de Toledo .

Entre los años 594 y 607 se consagran tres iglesias cristianas costeadas por el noble godo Gudila, dedicadas a San Esteban, San Vicente Mártir y San Juan. También existe otra muy importante en el campo del Triunfo . Entre las obras públicas, se construye el puente sobre el río Cubillas a la altura de Pinos.

El tesoro de la amistad

Las grandes hazañas, las grandes tragedias, las grandes maneras de vivir, se recogieron y nos han llegado desde las tragedias griegas y en toda la literatura clásica antigua, como es el caso de Sócrates, Platón, Aristóteles y otros muchos.

La amistad es una de las grandes hazañas que es posible vivir entre las personas y el Beato Elredo de Rieval –un abad cisterciense inglés (1110-1167)- ve en ella un motor humanizador conforme a cuatro elementos básicos: la dilección, el afecto, la confianza y la elegancia. Así lo expresa en su libro “De spiritali amicitia iii. 51”: «La dilección se expresa con los favores dictados por la benevolencia; el afecto, con aquel deleite que nace en lo más íntimo de nosotros mismos; la confianza, con la manifestación, sin temor ni sospecha, de todos los secretos y pensamientos; la elegancia, con la compartición delicada y amable de todos los acontecimientos de la vida —los dichosos y los tristes—, de todos nuestros propósitos —los nocivos y los útiles—, y de todo el que podemos enseñar o aprender».

Elredo, en el tratado “Sobre la amistad espiritual” / Libro 3: PL 195, 692-693, detalla más aún con el caso práctico de la amistad de Jonatán y David recogido de la Biblia:

Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al Señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él: Tú -le dice-serás el rey, y yo seré tu segundo.

¡Oh preclarísimo espejo de amistad verdadera! ¡Cosa admirable! El rey estaba enfurecido con su siervo y concitaba contra él a todo el país, como a un rival de su reino; asesina a los sacerdotes, basándose en la sola sospecha de traición; inspecciona los bosques, busca por los valles, asedia con su ejército los montes y peñascos, todos se
comprometen a vengar la indignación regia; sólo Jonatán, el único que podía tener algún motivo de envidia, juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo, aconsejarlo en tan gran adversidad y, prefiriendo la amistad al reino, le dice: Tú serás el rey, y yo seré tu segundo.

Y fíjate cómo el padre de este adolescente lo provocaba a envidia contra su amigo, agobiándolo con reproches, atemorizándolo con amenazas, recordándole que se vería despojado del reino y privado de los honores. Y, habiendo pronunciado Saúl sentencia de muerte contra David, Jonatán no traicionó asu amigo. ¿Por qué va a morir David? ¿Qué ha hecho? Él se jugó la vida cuando mató al filisteo; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué ha de morir? El rey, fuera de sí al oír estas palabras, intenta clavar a Jonatán en la pared con su lanza llenándolo además de improperios: ¡Hijo de perdida -le dice-; ya sabía yo que estabas confabulado con él, para vergüenza tuya y de tu madre!

Y, a continuación, vomita todo el veneno que llevaba dentro, intentando salpicar con él el pecho del joven, añadiendo aquellas palabras capaces de incitar su ambición, de fomentar su envidia, de provocar su emulación y su amargor: Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro.

¿A quién no hubieran impresionado estas palabras? ¿A quién no le hubiesen provocado a envidia? Dichas a cualquier otro, estas palabras hubiesen corrompido, disminuido y hecho olvidar el amor, la benevolencia y la amistad. Pero aquel joven, lleno de amor, no cejó en su amistad, y permaneció fuerte ante las amenazas, paciente ante las injurias, despreciando, por su amistad, el reino, olvidándose de los honores, pero no de su benevolencia. Tú -dice-serás el rey, y yo seré tu segundo.

Ésta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil. Anda, pues, haz tú lo mismo”.

Por eso, la amistad verdadera es perfecta y constante, el amigo fiel es un refugio seguro, un tesoro.

De la Belleza y de la Estética

Estamos acostumbrados a etiquetar como bellos a acontecimientos o eventos o cosas de arte, como por ejemplo una pintura o escultura; también a paisajes o una música de nuestro agrado; incluso una situación de relaciones familiares o sociales la podemos calificar de bella; hablamos de una poesía o una obra de teatro o una película bella; también de una persona o de una conducta bella. Y es que la belleza es algo que pertenece a la realidad de las cosas físicas y espirituales.

Aunque la persona que contempla advierte subjetivamente que algo le gusta, la belleza es algo que está en lo real, no es una invención subjetiva. Así, por ejemplo, la concha espiral del nautilo cumple con una proporción llamada “áurea” que se dice bella, que proporciona al que la ve una sensación de belleza. Es decir, la belleza está en el nautilo y a la vez en el nautilo y sus medidas se advierte bello en el interior de quien lo contempla. Por eso el observador puede decir que le gusta el nautilo.

No solo es la medida, como es la proporción matemática llamada “áurea” lo que provoca la sensación de belleza. La música –que también tiene inmersa proporciones matemáticas- ofrece la particularidad de crear un ambiente en el momento en que se oye y puede provocar sensaciones de belleza y de emociones. Pero la música no solo es emoción porque tiene dentro de sí, en su partitura, razones objetivas de proporciones bellas.

Por tanto, hay razones objetivas en la realidad de las cosas que hacen la cosa bella, pero también quien contempla esa cosa es capaz de recrear algo en su interior por lo que considera bella la cosa. La proporción considerada bella está en la escultura, pintura, arquitectura, paisaje, vegetal, estructura corpórea o música, pero la belleza no se queda en lo exterior sino que surge en el interior del contemplador de tal forma que al ver u oír lo que consideramos obra de arte la persona experimenta claridad, entusiasmo, pulcritud, novedad, bondad, belleza.

Encontramos primariamente que la cosa real tiene unas proporciones bellas que llama la atención hacia el exterior, por eso la persona que contempla aplica su conocimiento y es entonces cuando advierte la bondad apetecible de la cosa armonizada con esas proporciones. El contemplador declara en ese momento que la cosa es bella. En cierto modo, la cosa proporcionada y armonizada irradia y expresa algo que el contemplador advierte como bueno y apetecible. Al darse esas condiciones mutuamente correlacionadas decimos que hay belleza.

Cuando hablamos de estética nos referimos no exactamente a lo bello, sino a la influencia de lo bello en la intuición sensible o emotiva del contemplador, quien advierte al ver algo que eso le agrada o le desagrada. Esta experiencia puede dar origen a diversidad de sentimientos, emociones, valoraciones del nivel de agrado, diferentes percepciones de las cosas.

Algunos hablan de una percepción estética como encarnación de lo ideal, otros proponen cánones de lo estético y otras dejan la estética al arbitrio del gusto que puede cambiar en cada época, de hecho en el siglo XX se habla de una antiestética de tal forma que lo feo se admite como bello o expresión artística tal como nos lo muestra “El grito” de Munch. También cabe considerar la estética desde el punto de vista de la emoción que produce el objeto sobre la persona o bien desde el punto de vista intelectual aprehendiendo la esencia de la cosa que llamamos bella.

Un caso particular es la belleza y estética musical ya que, como se ha referido anteriormente, hay una elaboración de la partitura en la que se usan consonancias, disonancias, notas tónicas o dominantes, tiempos, temas de los movimientos de una sonata, repeticiones, conjunción de instrumentos y de ellos con voces solistas o corales, todo ello más bien en la música clásica. En el orden de una música contemporánea se da más la improvisación.

Concluimos que la estética procede etimológicamente de sensación o percepción y estudia filosóficamente el sentimiento y su manifestación, que es el arte. Para el que contempla viene a ser la emoción producida por la obra de arte, para el científico es el estudio del arte.

Tradicionalmente se ha considerado que el ser es verdadero, bueno y bello; por ser verdad es bello y por eso apetecible. En este sentido, Dostoyevski decía que “la belleza salvará al mundo”. Pero con esto choca el feísmo que ha nacido en los últimos tiempos y surgido de una consideración estética relativista y subjetivista.

A lo largo de la historia, en pintura, escultura y arquitectura podemos encontrar algo perfectísimo como el Partenón o una Venus y también encontramos cosas crueles como el Lacoonte o los desastres de una guerra en Goya. Hoy también se realizan obras “de arte” que son de tipo denuncia o de muestreo de realidades lamentables; ¿es eso belleza o arte? Se ha de tener en cuenta que lo feo es reflejo de lo zafio, de la nada o del absurdo y lo suelen mostrar personas en disconformidad con algo dado; al contrario, hay cosas objetivamente bellas y su percepción estética hace gozar porque el sujeto que contempla se siente transportado a algo deseable y bueno.

No es exclusivo de un estilo o época el canon de la belleza puesto que tan bello es el arte egipcio como el griego o el gótico o el renacimiento o el barroco o los colores abstractos de Kandinski y Rothko o la arquitectura de Bernini o Alvar Aalto, o la poesía de Lope de Vega o de José Hierro, o el cine de Kurosawa o de Spielberg.

Se puede decir que lo objetivamente bello es admirable y que si el arte muestra algo en sí mismo feo, eso llama a la belleza si tiene algo que lo trasciende hacia lo bello.

Peine de los Vientos

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José Luis Font Nogués

Admiración ante la naturaleza
y escultura de Eduardo Chillida

 

Ruptura en la existencia
Espera en silencio
Soles y cometas
Nubes y lunas y estrellas
Que pasan ante ti.

Sosiego y zozobra
Agua y viento
Día y noche
Frío y calor
Angustia y tristeza
Al embate de la mar.

Resistes en tu armadura
Paciente guerrero
Que inspiras siempre
Contra olas y vientos
Rugiente susurrar.

Soy menos que gota
De esa agua que modelas
Para hacerla renacer
Peinando fuertes olas
En apariencia furiosas
Que sabes embellecer.

Poso ortos y ocasos
Para empaparme a tu lado
De tu alegre espuma
Vida de cielo y de tierra y de mar.

Es quietud tu batalla
Estás siempre a la espera
Mas nada te daña
Que sabes peinar con tus dientes
La osadía de la mar.

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Decir de las cosas conforme a la verdad

«Esto hace la gente muy a menudo: vestir las cosas con el ropaje que le parece para que las tengan por lo que no son. A los vicios los cubre con aspecto de virtud; a la charlatanería la viste de sabiduría; a la grosería la viste de libertad; a la venganza la llama fortaleza y valor. En cambio arropa las virtudes con ropas muy distintas: al pudor le llama mojigatería; a la modestia la viste llamándola cortedad; a la devoción le pone hipocresía; y a la verdad la viste de tontería y locura. Para poder hacer esto tiene siempre a mano todo tipo de vestidos, es decir, de razones, con las que dar a cada cosa el color y el aspecto que le parece».

(Luis de la Palma, 1560-1641)