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La educación es el arte de moldear con respeto y seguridad cada ser que aprende a vivir con libertad

Relación y respeto personal desde la buena comunicación

Cualquier tipo de comunicación con otras personas será de inmediato una fuente de influencia mutua que puede convertirse en ayuda o estorbo, amistad o enemistad o indiferencia, en actitud de educación o desafortunada influencia para los demás.

Si bien intencionados queremos presentarnos en las relaciones con los demás, será una premisa la valoración de la otra persona, dejando atrás intereses personales de cualquier tipo y toda actitud cosificadora del otro. El primer paso será de atención, de interés por lo que vive en su interior, por su ánimo, por su pensamiento, por el estado emotivo que deja ver la apariencia de su cara y tono de voz. Superado ese primer encuentro se puede avanzar hacia la simpatía, la empatía, el afecto, la confianza y la intimidad. No obstante, la buena relación exige evitar actitudes negativas como es la ocultación de la verdad, la excesiva independencia o seguridad en sí mismo, o un mal entendimiento de la dependencia e independencia; de modo positivo también exige la buen relación un lenguaje sencillo y sincero, una autenticidad en la comunicación, una adaptación al otro, un interés por el otro hasta ganar la aceptación mutua.

En la buena comunicación inciden palabras, gestos, imágenes y silencios. La comunicación no solo son palabras, y muchas palabras pueden cansar a los otros; la buena comunicación es proporcionada, así en un grupo o en el tú a tú de dos personas el tiempo empleado en hablar será de alguna forma igualitario, proporcionado, semejante, y solo así puede haber intercambio paulatino de ideas, ilusiones, consejos, manifestaciones. Hay que tener en cuenta que no todos somos iguales y se pudiera decir que el hablador debe intentar medir sus palabras y el callado debe esforzarse en hablar en vez de callar. Los silencios son necesarios para dejar hablar a otro y para entender lo que el otro dice. Los gestos hablan por sí solos y acompañan a las ideas haciéndolas más comprensibles. La imagen, la cara, expresa sola el interior sin que haya intencionalidad de que así sea.

Detrás de todo esto y como fundamento de la buena relación está el gran pilar o cimiento de la conducta personal de toda persona que se quiera comunicar y avanzar por el camino de la comprensión, fiabilidad, confianza y amistad. Nadie se fía ni quiere ser amigo de quien le engaña; al contrario, toda persona desea tener a su lado a quien le escuche, le entienda, le acompañe y le ayude.

El respeto y una comunicación fundamentada en el bien personal siempre serán condiciones necesarias para la buena relación

Educando continuamente

Toda persona vive en un entorno social con el que interactúa continuamente; esos entornos son muchos, pero se pueden concretar en familia, compañeros, amigos y cualquier tipo de vecindad de domicilio o de comercio o de expansión. Cualquier persona, casi sin quererlo, está continuamente orientando y educando a los demás, aunque padres y educadores tienen una acción familiar o profesional muy destacada y de gran responsabilidad.

Las relaciones mutuas en cualquier ámbito en que exista un mínimo de interacción educativa, se han de desenvolver ante todo en un clima de respeto mutuo, cosa independiente de las edades o categorías sociales porque toda persona es respetable en sí misma, a toda persona se debe no solo respeto sino admiración, quizá una admiración progresiva cuanto más se le conoce; así, puede ser inmenso el respeto y admiración de un padre por su hijo pequeño, de un amigo hacia otro amigo, de un ciudadano hacia una autoridad civil o de una persona hacia su vecino de vivienda.

En el marco de las relaciones mutuas, cualquier actuación personal influye, sin duda, en todos los demás desde el mismo instante en que se produzca una acción visible que todos quienes la perciban pueden valorar para pasar a aprobarla e imitarla o reprobarla y rechazarla. Por eso, entre personas que se tratan mucho puede haber comportamientos muy parecidos.

Si avanzamos en las relaciones educativas, a cualquier nivel, para que se lleve a cabo algo valioso que haga mejorar a las personas, se requiere una aceptación entre educando y educado; es decir, el hijo que acepta al padre, la nieta que acepta a la abuela, el amigo que acepta a su amigo, etc., porque reamente existen buenas valoraciones entre ellos, y eso sucede hasta en el trato más superficial de aquella persona que cede a otra el paso por la calle con una sonrisa.

El amigo, el padre, el profesional de la educación y, como se viene diciendo, cualquier persona, serán tanto mejores educadores cuanto más conozcan la realidad del otro y sitúen esa percepción en el marco del respeto y nunca de la posesión ni del mandato; la libertad es algo que está por encima del afán de ayudar y del ayudar a mejorar.

Un pequeño detalle hace que mejore aún más las ayudas que podemos prestar a los demás y es la reflexión sobre las relaciones personales, el modo de ser de los otros y la verdad acerca de las ideas, valores o principios que iluminan la vida y se transmiten sin pensarlo o se transmiten intencionadamente. Y otro pequeño detalle necesario es la sinceridad, transparencia y confianza entre las personas sin que pueda darse problemas ni dificultades para actuar, expresarse y manifestar lo que se piensa.

En definitiva, la persona no vive sola en el mundo, se relaciona y es humano desear el propio bien y el bien de los demás que nos rodean habitualmente, los cercanos: es una cuestión de trato y de verdadero amor.

José Luis Font Nogués

Educar en lo bueno

La ilusión es algo necesario para educar ya que nadie de cualquier edad puede desear algo que no le guste y no lo vea como algo magnífico a realizar, por eso la papilla para un niño pequeño se convierte en un avión que aterriza en la boca, así el niño se divierte y cumple con su función esencial de alimentarse. Igual pasa a cualquier edad, si algo no es hasta divertido no se toma con interés

Sería desafortunado considerar los “deberes” que se han de realizar a lo largo de la vida como uno simples -a veces ingratos- deberes; es más deseable que todo aquello que en realidad hay que llevar a cabo -como el comer del niño- nazca como una convicción interior, algo en lo que se toma la iniciativa de forma voluntaria porque se es consciente que incide en la perfección propia, que es algo bueno. Así descartamos el cumplimiento por mandato, que puede ser desagradable, ¡qué sería del niño que solo comiera por mandato y no por jugar al avión que llega con algo que tiene buen sabor!

Supongamos que el niño que toma su papilla ha crecido y ya es autónomo para comer. Sus buenos padres pasarán a razonar con él para que coma bien, tranquilo y de modo limpio porque conviene a la buena digestión, a la higiene y a la reunión familiar agradable; en ese proceso el niño que había jugado al avión para comer y ya es mayor aprenderá a usar los alimentos y también aprenderá a ser respetuoso con las personas a la hora de comer.

Siguiendo con ejemplos de alimentación, el niño así educado crecerá y en un día de adolescencia o juventud se le puede ocurrir comprar un bocadillo en un supermercado, pero -si es que tiene mucha hambre- no se le ocurrirá tirar el envoltorio al suelo de la calle para comer y saciar su hambre. Ha sucedido que la buena toma de la papilla y los cuidados de la forma de comer ya ha dado como resultado un valor añadido, el de la ciudadanía, el de respetar la ciudad, o el poder pasar un rato agradable con amigos cuando la comida pasa a ser una forma de relación amistosa.

Lo bueno no se impone, sino que se fomenta, se induce, se motiva, se ilusiona. No obstante, para la persona no es el máximo objetivo el modo en que se come sino una necesidad de subsistir o de crecer o de mantenerse -una necesidad elemental- que lo eleva a un nivel superior por su capacidad racional y relacional. Por eso el hecho de comer con modos adecuados no solo es bueno en sí mismo, sino que es bueno en orden a algo superior como es la buena asimilación de alimentos y, mucho más, es bueno por poder compartir con amabilidad ese rato de expansión.

Como en las fábulas, todo tiene su moraleja: no busquemos con ansiedad un bien parcial de orden inferior o necesidad primaria, deseemos los bienes de orden elevado que perfeccionan a la persona; no los busquemos con ansiedad sino con la confianza y la esperanza de ser bueno para todos

Siguiendo con ejemplos de alimentación, el niño así educado crecerá y en un día de adolescencia o juventud se le puede ocurrir comprar un bocadillo en un supermercado, pero -si es que tiene mucha hambre- no se le ocurrirá tirar el envoltorio al suelo de la calle para comer y saciar su hambre. Ha sucedido que la buena toma de la papilla y los cuidados de la forma de comer ya ha dado como resultado un valor añadido, el de la ciudadanía, el de respetar la ciudad, o el poder pasar un rato agradable con amigos cuando la comida pasa a ser una forma de relación amistosa.

Hacia una educación verdadera, auténtica y eficaz

José Luis Font Nogués

Se van viendo y oyendo muchos lemas institucionales públicos y privados que inciden todos en una idea: sin educación no hay felicidad. De entre todos los lemas, se ven distintas perspectivas de supuesta educación: previsión de enfermedades, buena higiene, control de emociones, buenos hábitos alimenticios, vida sana en el ámbito de la pandemia del coronavirus Covid-19 y sus mutaciones, logro de una vida relajada, habilidad para lograr la persona eficaz, entrenamiento para el liderazgo y muchos más aspectos aceptables, buenos e ideales.

A la vista de esas perspectivas surge la pregunta si todas ellas tienen buenos enfoques para lo que en realidad se pretende, que es el logro de la excelencia personal que haga posible la autentica felicidad.

Desde el momento del nacimiento -quizá antes para las madres- se da un entendimiento entre los padres y sus hijos; la primera tarea propia de ese “entenderse” es saber quién es el hijo, una persona libre e inteligente a quien hay que atender en todas sus necesidades y proyectos, siempre adaptados a su edad. De entre todas las alternativas existentes -ordenar, indicar, prohibir, hacerle un icono repetición de los padres, regalar, premiar, sancionar, aconsejar, darle libertad descontrolada, y mil posibilidades más- siempre será aconsejable las que conjugan la libertad y la confianza en el hijo, siempre en un marco de verdadero amor y respeto.

En el interior del hijo hay siempre una potencialidad que le hace capaz de crecimiento y acción, lo que repercutirá en la familia y en la sociedad. Tarea de los padres será ir viendo esa potencia que guarda el hijo y que paulatinamente deberá desarrollar adecuadamente. Esa tarea será la de explicitar y reforzar sus capacidades para que el hijo las vaya poniendo en práctica libremente y con autonomía. El resultado puede sorprender a los padres y a toda la familia porque verán que ese hijo es creativo y, en el marco de libertad, sus capacidades se ven consolidadas positivamente creando una serie de concatenaciones que deslumbrarán de manera insospechada.

Esa actitud de los padres y, en general, de todos los educadores, no solo se apoyan en las creencias o modos de vida que ellos tengan y que deseen trasplantar a quien se trata de educar para que sea un clon o doble de ellos -sería un gran error-, sino que se apoyará en la actitud positiva de la persona que educan y eso con una gran confianza y esperanza en su desarrollo personal y en el modo creativo que tenga la persona a quien se educa.

Al paso del tiempo, este planteamiento educativo, sorprenderá gratamente a los educadores porque comprobarán que los resultados han superado a los objetivos e ilusiones que inicialmente pusieron en el hijo que desde el inicio fue creciendo, sintiéndose querido, respetado, libre, alabado y por eso ha desarrollado confortablemente su vida. Ese hijo será feliz, un bien para toda la sociedad.

Educación y prudencia

Educar es una tarea más amplia que el enseñar y es totalmente distinta del adoctrinamiento. Educar es acompañar al educando para que mejore sus capacidades innatas o las adquiridas con el tiempo, dotándole de posibilidades para que su creatividad y su sabiduría puedan responder a toda situación profesional, familiar y social de la mejor manera posible.

Por eso, la buena educación está reñida con la invasión del educando y es amante respetuosa de la libertad del mismo. La admiración por el educando parte de la valoración positiva del ser persona y de la riqueza interior que posee. Ya sea por el conocimiento que se adquiere desde los primeros momentos de la infancia o por el estudio proporcionado a la edad, toda persona tiene su almacenamiento de datos, de ciencia, de sabiduría y a eso se le añade algo tan importante como es el «saber hacer», el «saber utilizar» todo eso en beneficio de su perfeccionamiento y del perfeccionamiento de los demás.

El educador -en su actitud de respeto- ha de conjugar su ser prudente y el sentido común le orientará para saber detectar cómo está el educando o un grupo de educandos. Una vez que advierte la situación, perderá el tiempo en explicar o tratar de convencer al educando qué es lo que -desde la interpretación del educador- le sucede, o cuáles son sus buenas y malas posibilidades de actuación en cualquier aspecto. Una buena empatía es necesaria al educador para que, una vez analizado y diagnosticado al educando, se le hagan las mejores propuestas para su mejora personal; la prudencia hará detectar al educador qué debe callar, qué debe desvelar al educando y qué objetivos puede sugerirle, así como la forma de sugerírselos.

Toda la tarea educativa será tanto más eficaz cuanto más se trate de desear el bien del educando, lo que no se hace sino desde el cariño por la persona. Una vez elaborada la propuesta, el buen educador sigue a cierta distancia al educando, dejándole actuar con libertad; en el ejercicio de esa libertad encontrará el educando la manera de esforzarse para lograr los objetivos y esa batalla -a veces grande para él- le hará mejorar su persona.

El educador debe entender bien dos aspectos distintos y complementarios de loso objetivos para educando, uno es de carácter científico, por el que aprenderá la ciencia que corresponda, y el otro es de carácter social, relacional, ético o moral, por el que el educando sabrá responder siempre -y a pesar de sus errores- para la consecución del bien.

Entre el yo y el tú

La escritora Jutta Burggraff dice que «conocer nuestro mundo interior y gozar de él es un consuelo para cualquier persona (…) Pero la libertad interior no es una trinchera, detrás de la cual cada uno se aísla dando la espalda a los demás» y aclara que así se queda la persona sin amistades porque es necesario dar el segundo paso, el de «abrirse, manifestar y ejercer al libertad». Así termina el razonamiento diciendo que «La persona, por un lado, es capaz de conocerse y poseerse. Pero, por otro, también está hecha para entrar en comunión con los demás; se refiere constitutivamente al otro. Ser hombre (se refiere al ser varón o mujer, del género humano) , quiere decir co-existir, intimidad abierta».

Así, entrar en el yo permite la seguridad de actuar para los demás y -de esa forma- seguir haciendo el yo. Yo y tú, yo y vosotros, se complementan para cada persona; la riqueza del yo se expande a los otros y de los otros se enriquece el yo en un juego eterno.

Actuaciones acertadas

José Luis Font Nogués

Publicado en la revista digital «¡Qué familia!»

http://www.quefamilia.es

A lo largo de cada día tomamos muchas decisiones y esa determinación nos hace ir valorando las posibilidades a nuestro alcance casi sin darnos cuenta. Algunas veces se hace más importante la materia sobre la que hay que decidir y lo pensamos más detenidamente e incluso consultamos con otras personas; otras veces actuamos con mayor ligereza. En el origen de esa toma de decisiones buscamos lo que realmente nos interesa, lo que vemos que nos conviene en cada momento o tendrá una repercusión favorable en el futuro.

Una cuestión tan fácil a primera vista nos ofrece confusiones: pensará el niño por qué no ha de comer con los dedos, estorbará al adolescente volver a casa temprano en vez de estar con los amigos, querrá no estudiar y hacer deporte quien ya va dejando la niñez y se adentra ve que descubre un mundo con muchas cosas apetecibles a su alcance, costará al padre y a la madre cuidar de la casa y de los hijos –es más, ¿cómo lo hacemos?-, será un problema decidir sobre dos posibilidades distintas para resolver un asunto familiar. Las alternativas de resolución aparecen inesperadas o se pueden buscar, el caso es resolver bien en cada momento.

La gran cuestión es saber cómo resolver, no confundirse en la decisión. Esto lleva a mirar adentro de cada persona: ¿quién soy yo?, ¿quién eres tú?, ¿qué persigo?, ¿hacia dónde vas?, ¿qué me mueve a actuar?, qué consecuencias tendrá mi decisión?… Quizá haga falta asesorarse, estudiar, leer algo conveniente, consultar, pensar; tenemos datos prácticos y podemos encontrar teorías, pero quizá no sea acertado el acercamiento exclusivo a uno de esos dos extremos porque la vida no es teoría y a la teoría le falta vida; además de la mucha ciencia hay factores de libertad, cultura, historia o capacidades de cada persona que inciden en la toma de una decisión y, en el otro extremo, el ejecutar continuamente sin pensar es superficialidad o atolondramiento.

El ejemplo del niño que busca con complacencia lo bueno y mira de reojo sonriendo cuando busca algo que él ya entiende como no adecuado es una gran lección para todos; dentro del niño y dentro de todos hay un sentir de lo que es o no oportuno en cada momento; esa fuente de sabiduría se puede estropear y por eso podemos acudir al asesoramiento y a la reflexión para lograr entender cuál es la buena actuación. La tarea del discernimiento y de la decisión es propia de toda persona desde la niñez a la vejez y en cualquiera de los ámbitos familiar, profesional o social de la vida.

Más vale pensar, no improvisar, experimentar la humanidad de las personas, no ser temerario ni tímido, respetar a todos y solucionar todo de la mejor manera posible. Posiblemente sea el amor lo que lleve a la verdad que habrá que tener en cuenta en cada decisión.

Cortesía

José Luis Font Nogués

Publicado en la revista digital «¡Qué familia!»

http://www.quefamilia.es

Los acontecimientos se suceden a veces con mucha rapidez y pretendemos cosas con demasiada inmediatez; ese impulso puede ser brusco y atropella muchas reflexiones que a la persona conviene hacer ante sus actuaciones.

Sucedió que un escritor deseaba  dar a leer sus poesías y acudió a un encuadernador con el fin de elaborar una edición corta que le sirviera para hacer algunos regalos. Buscó trabajadores del gremio y encontró a un artista de la encuadernación. Trató la forma de encuadernar, tipo de papel, cartulina de portada, títulos, tipo de letras y todas las cuestiones necesarias. El profesional de la encuadernación ofreció una sorpresa al escritor cuando trataban de establecer el orden de las páginas; el poeta buscaba calidad para su libro pero pretendía que quedara bien sin entender tanto del arte de la encuadernación como el mismo encuadernador; y el encuadernador no era tanto un empresario moderno sino un artista romántico:

–          Esto no va así, aquí hemos de poner una página de cortesía

–          ¿Cortesía…?

Sí, era necesaria la cortesía. No se puede abrir un libro y comenzar a leer inmediatamente, hay que dar un poco de tiempo, hay que pedir permiso para comenzar a leer, hay que dar un poco de emoción, hay que ofrecer un poco de anhelo al que abre ese libro por primera vez… ¡no se puede atacar al lector diciéndole a gritos lo que ha de leer! El escritor, que se creía poeta, entendió la poesía del encuadernador: cortesía, hay que ser educado, todo tiene su protocolo.

El trato quedó cerrado, el poeta salió a la calle y considerando la cortesía que acababa de aprender, le sobrevino un nuevo asombro porque su memoria le trajo cierto día que observó cómo un niño pequeño se desenvolvía con naturalidad y descomponía su figura con la consiguiente alteración de un grupo de personas mucho más altas que él; su atenta madre también actuó con la naturalidad reflexiva que le correspondía y habló a su hijo: “¡Pero  Alvarito!, ¿dónde está tu madurez de tres años?”. Parece insólita la declaración materna, pero acertadísima; no avasalló la intimidad de su hijo que estaba en su “derecho” de hacer alguna travesura, le trató con inmenso cariño y le sugirió tener cierta madurez… la que podía, la de sus tres años; el niño conservaba su libertad y su intimidad, su pequeña capacidad de decidir, pero seguro que advirtió que en adelante debía pensarse dos veces si decidía o no hacer la misma travesura delante de varias personas mayores reunidas en torno a él.

Es bella una relación humana en la que no se ataca, no se obliga, no se insulta, no se grita, no se impone. Es bella una relación humana en la que se pide “por favor” sugerir alguna cuestión, hacer lo que a la otra persona le gusta, tener la cortesía de ir poco a poco, de tantear cómo recogerán los demás esas ideas que me gustan o de las que yo estoy muy convencido.

El buen amor a todos educa

José Luis Font Nogués

Publicado en http://www.quefamilia.es

 

La persona está diseñada de tal forma que al darse a otras encuentra su felicidad. La ley que lleva impresa el amor es lanzarse al exterior, a otros, a los demás: darse.

El amor, que es entrega, no es algo que se reduzca a la impresión de un momento de idilio en el que hubo una luz especial; ese momento es aquel en el que destella la luz del amor, pero ese amor no debe quedarse ahí, en el recuerdo de aquel momento, como algo estático e inolvidable, sino que, siendo así, también debe ser dinámico porque esa entrega se proyecta a lo largo de toda la vida y cada día se es feliz buscando la forma de entregarse a la otra o a las otras personas: los padres, las amistades, la esposa, el esposo, los hijos, los nietos.

En cada momento de la vida, de un año o de un día, hay que ver cómo darse a la otra persona para hacerla vivir en el amor, en la felicidad y permaneciendo en esa actitud se consuma y fructifica una vida en unidad. Es un asunto de comunicación, admiración, amor, abrazo, buscando la perfección que se ha de elaborar en la otra persona y, así, llegar al “éxtasis” ante la otra persona que hace decir “te amo”, “sin ti no vivo”, “mi vida eres tú”. Por eso entre los que se aman hay una vida en común, una intimidad paternal, filial, esponsal o de amistad.

Tradicionalmente, los profetas y los poetas han hablado de la sed de agua y de las fuentes de las aguas. El profeta Ezequiel explicaba sobre los cuatro ríos que salían y rodeaban el Templo de Jerusalén y quería resaltar la riqueza que daba a las tierras de las riberas para que ofrecieran frutos a los habitantes del lugar, pero como profeta quería hacer ver la sed espiritual y la felicidad del hombre. De manera parecida -“buscando mis amores iré por esos bosques y riberas, ni acogeré las flores ni temeré las fieras y pasaré por fuertes y fronteras”- San Juan de la Cruz describe este tema a la vez que habla sobre la “eterna fuente”, expresiones que parten del deseo de felicidad del corazón humano y que sólo se sacia con el agua del verdadero amor junto con el esfuerzo, sacrificio y unión con el ser amado. También Miguel Hernández se refiere a su amigo fallecido: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”; no “lo quería”, sino que se amaban juntos con amor bueno de amistad.

No obstante, hay dificultades en la vida de las personas; esas dificultades nacen de la imperfección propia y también de imperfecciones de los demás; la cosa se complica porque las imperfecciones pueden proceder de la manera de ser personal o de los demás, de características genéticas o de malas costumbres o de enfermedades.

Las dificultades no tienen por qué empañar el amor; al contrario, el amor es empañado por las dificultades cuando en realidad no se ama y nace el egoísmo. Una pequeña tos, unos gustos distintos, una parálisis que lleva a que una persona deba ser atendida constantemente, una tozudez, unos malos hábitos de conducta, un modo de entender la vida que emerge inesperadamente al paso de los años como un volcán que estaba apagado, unas manías consolidadas, … no tienen por qué enturbiar el verdadero amor.

Es fácil la tendencia a quitar de la vista lo que no da placer inmediato, por eso lo descrito en el párrafo anterior es una alfombra para dar paso a la ruptura del amor; pero no es el buen camino. Los amados –esposos, hijo y amistades- necesitan siempre de la solidez perenne del amor indestructible y ello supera todo tipo de dificultades por mucho que hagan sufrir. Es fácil deteriorar el amor, pero lo mejor es velar por el amor o cuidar el amor como un tesoro.

¿Qué hacer ante los casos de dificultad?: sanar, resolver. Sanar al enfermo; resolver problemas o modos de hacer humanos en el marco del amor fiel y duradero; no huir sino ofrecer misericordia –comprender la miseria de los demás- para ayudar a los demás; aprender a convivir con enfermedades y problemas; acudir a especialistas para resolver situaciones o para saber tratar con enfermos físicos o psíquicos; no centrar la felicidad en el placer o en “lo que me gusta” o en “los límites que yo puedo aguantar” sino en la entrega personal a los demás para hacerles felices incluso a pesar de mi sufrimiento; buscar siempre la verdad para tratar de ajustar las respuestas personales a verdad y no a la comodidad.

El principio de validez de la unión del amor es el que lleva a la fidelidad, a la felicidad, a través del camino del sacrificio necesario que se haya de hacer para que las personas amadas sean auténticamente felices. Para ello el “yo” no es lo principal, lo principal es siempre la “otra” persona.

En la línea de los poetas viene Pedro Salinas a recordarnos que la razón de amor no está en el recuerdo de un destello ni del dónde ni de qué manera sucedió: “Si quieres recordarlo no sirve el recordar. Sólo vale vivir de cara hacia ese dónde, queriéndolo, buscándolo”.

Calurosa acogida

José Luis Font Nogués

Publicado en la revista digital «¡Qué familia!»

http://quefamilia.es/category/acordes-educativos/

Hay personas que saben expresar estos sentimientos en diversas facetas del arte; así Mendelssohn escribió ocho cuadernos con cuarenta y ocho partituras tituladas “Romanzas sin palabras” (Ver la interpretación de esta romanza en el vídeo situado en la barra lateral). En algún libro que las recoge leí que su op. 19 nº 4 es calificada como “Calurosa acogida”. Efectivamente, esa música expresa un ánimo exaltado que puede identificarse con el sobresalto animoso de un encuentro, se abre la casa y hay júbilo al ver a la persona que ha llegado, pero la música pasa a ser luego más lenta como queriendo expresar el intimismo de una conversación que acerca a las dos personas, se dice y se vuelve a decir un “¡cómo estás?”, “es una suerte tenerte aquí”… de nuevo una alegría, un remanso de paz y al final un nuevo júbilo que recapitula de modo más sereno la exultación del primer encuentro.

Sin duda, la belleza de la referida música de Mendelssohn nos trae al pensamiento nuestro trato con quienes nos encontramos a diario: ¿acogedor?, ¿hosco?, ¿profundo?, ¿superficial?, ¿respetuoso?, ¿indiferente?, ¿amable?, ¿servicial?, ¿exigente?…

Es un lujo contemplar el amanecer diario y poder disfrutar de nuestro primer encuentro con la naturaleza. El sol se alza. Aparecen en nuestro horizonte la primeras personas que nos traen el regalo de hoy: una sonrisa, un buen deseo, una buena tarea, o quizá alguna incompresión. Avanza la jornada con intensidad, y con ella el cansancio, nuestros encuentros con los otros nos enriquece: una solución a un problema es un reto positivo para aprender, una ayuda no nos disminuye en nuestra estatura sino que nos levanta de la tierra pues algo imprevisto ha hecho esforzarnos por ofrecer lo mejor de nuestro interior.

Pero la música también está compuesta por silencios. Los silencios dicen cosas y es necesario guardarlos. Callamos y se nota que aprobamos, alabamos, reñimos o no estamos de acuerdo. Un silencio ofrece perdón, da la palabra, escucha a la otra persona, deja pasar algo que nos parece inconveniente, une o distancia.

Anochece. Contento apago la luz y contemplo las estrellas. Con palabras o sin palabras, el día es una Romanza al mundo amado, a las personas amadas, a todo y a  todos en este mundo globalizado.

Educar la posibilidad de relación con las personas: sinceridad y confianza

La característica de ser sociable la persona solicita que se le ayude desde el inicio de la vida a que desarrolle sus relaciones con las personas de la mejor manera posible. Por eso podemos hablar de educar a la persona en todos los aspectos que se refieren a las relaciones con los demás.

Antes que pensar en los demás, conviene atender al origen de las relaciones, a uno mismo. Por eso, hay dos cuestiones esenciales: estar en la verdad de sí mismo y confiar en sí mismo.

Saber de uno mismo con autenticidad y certeza es clave para salir fuera de sí a tratar con las demás personas; admitir cualquier matiz de engaño, mentira, falsedad o disimulo sobre uno mismo es dar paso a una mala forma de relacionarse porque la relación misma se hace falsa. Andar por la vida con la certeza de sí mismo se traduce en el término sinceridad, ser sincero con uno mismo para –desde ahí- ser sincero con los demás; establecer la vida en términos de sinceridad  posibilita que las relaciones sean fáciles, que se conozca al sujeto y se viva con la claridad de saber quién es, cómo es, qué piensa, que nos quiere decir. Al contrario, las falsedades o engaños posibilitan la desconfianza, la duda, el recelo y todo tipo de complicaciones en torno a las relaciones personales.

Una vez establecida la sinceridad sobre sí mismo como punto de partida, el paso siguiente es conocer con realidad las capacidades de uno mismo, las posibilidades que tiene de realizar cosas buenas, en qué materias y de qué manera; así, por ejemplo, alguien que advierte que tiene sensibilidad por los colores puede advertir que puede pintar una obra de arte y, al contrario, una persona que no domina bien sus destrezas manuales no deberá pretender ser un trabajador manual y menos de cosas pequeñas.  Establecido el conocimiento de sí mismo llega la tarea imprescindible de pasar a confiar en las propias posibilidades, es decir, a confiar en sí mismo. También este aspecto tiene matices positivos y negativos: quien está seguro de las posibilidades que uno tiene puede establecerse metas a realizar en proporción al mayor o menor grado de sus capacidades y quien duda sobre lo que él puede hacer  quizá se quede realizando pocas cosas o cosas de muy pequeña importancia.

La educación de la persona, desde niño y en cualquier momento de la vida, es el motor para que cada uno afiance su modo de ser sincero, su conocimiento personal, sus capacidades, sus destrezas, sus límites y –por tanto- el modo óptimo de relacionarse con los demás.

Aspectos educativos de la Semana Santa

José Luis Font Nogués

María Stísima de la ConcepciónDurante los días de la Semana Santa es tradicional en  muchos lugares organizar unas procesiones para sacar a la calle o llevar a una catedral imágenes artísticas sobre los distintos momentos de la Pasión de Jesucristo, sucedida en torno al año 33 de nuestra era. Estos cortejos surgen desde hace siglos en entornos del cristianismo y siguen su pujanza en los momentos actuales, una vez que han pasado veinte siglos de aquellos acontecimientos históricos.

Cristo del Vía CrucisEn el marco de la fe cristiana, la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo es una realidad desde el siglo I y hay documentos plenos de autenticidad que las relatan. Dentro de la perspectiva cristiana, la Liturgia de esos momentos es algo más que un recuerdo o un signo, es vivir de nuevo esos hechos; se conmemora la salvación de la humanidad a través de la muerte de un hombre que es Dios. Ese hombre –Jesús de Nazaret, hijo de un carpintero y de una mujer sencilla que vive en la fe de Abraham, ha dado muestras de bondad, de misericordia e, incluso, ha realizado prodigios curando a enfermos o con otros milagros.

Jesús de Nazaret no ha dado órdenes tajantes, ha actuado bien y es condenado a sufrir y morir; ha realizado y actuado con Belleza entre los de su pueblo y se ha acercado al hombre doliente que, aunque lleno también de bondad y belleza, sufre deterioros en su ser sometido a error.

Es propio del arte de todos los tiempos cantar el amor sacando hacia fuera la interioridad personal; el artista plasma en un texto, en una partitura en una pintura o en una escultura los propios sentimientos y formas de ver. Así, una escultura bella parece que habla desde fuera de ella hacia nuestro interior y una música bella habla desde nuestro interior hacia el ser amado. La música sacra tiene como finalidad hacer presente el Misterio que se celebra litúrgicamente, cantar al “más bello de los hijos de los hombres”, en expresión del Salmo 44 del Rey David, aunque en la Semana Santa le veamos sin aspecto atrayente. La escultura muestra un momento gráfico de la vida de un personaje y la imaginería de Semana Santa –ajustada al arte barroco siguiendo su canon de acercar el misterio sagrado al pueblo- hace revivir momentos determinados y normalmente dolorosos de la Pasión de Jesús. Las velas llorosas alumbran con su poquedad al que se definió como la Luz del mundo y a la que se le invoca como la Estrella de la mañana. Las flores adornan escenas de gran dolor y sufrimiento porque se valora la generosidad y se quiere acompañar con un don personal que embellece la acción.

Jesús del Gran PoderLas salidas procesionales que se suelen llamar “Estaciones de Penitencia” atraen durante todo el año a los que pertenecen a las diversas cofradías y en esa semana de primavera atrae a todos indistintamente. Es de interés reflexionar sobre por qué atraen tanto esas procesiones. No puede atraer la representación de un tormento, de un dolor, de una flagelación, de una crucifixión o de una madre dolorida que acompaña siempre a su hijo. Solo puede haber una respuesta: las personas son atraídas por el amor de una persona que ha muerto por amor a toda la humanidad de todos los tiempos, que ha padecido por cada uno. Así, el sufrimiento, las llagas, la pasión dolorosa se hace Amor Grande y ese es el motivo por el que se reviste de oro y plata, se le acompaña con la mejor música que es posible escribir para acompañar, calmar, comprender, consolar, compadecer, agradecer a Jesús Nazareno y a su Madre María en los distintos momentos de su Amor: el amor humano pone los mejores elementos de la naturaleza material para ensalzar el Gran Amor.

En el encuentro con los pasos de la Semana Santa por la calle no se puede evitar la contemplación de ese algo misterioso que se está representando y como haciéndolo vivir de nuevo; no se puede evitar esa expresión dolorosa de queja que es la saeta, con aires de cante jondo; no se puede evitar una alegría ante la representación de una Madre que consuela; no se puede evitar interpretar una marcha con música que acompañe el andar o la pena del Nazareno; no se puede evitar el silencio penitente y sobrecogedor como expresión del arrepentimiento por las culpas personales que contrastan con el sufrimiento de quien no tuvo culpa alguna. Todas estas expresiones salen del interior de las personas en su papel de penitente, nazareno, costalero, músico o espectador a quienes las palabras se quedan cortas y necesitan gestos y signos para expresar sus sentimientos.

En los días de la Semana Santa se ve por las calles a muchas familias con sus hijos pequeños; los niños suelen preguntar a sus padres por las representaciones artísticas que están viendo. También los mayores se detienen a comentar las distintas esculturas, si son valiosas, si son de un siglo u otro, si las esculpió aquel famoso escultor del que tanto se habla en la historia del arte, en qué momento se compuso la partitura de una marcha que suena acompañando el andar de un paso: todo son signos.

                      Cristo crucificado                 Jesús despojado de sus vestiduras   Jesús coronado de espinas

Pudiendo estar conformes o no y en diverso grado con el llamado constructivismo educativo, sí es cierto que el “aprendizaje significativo” de David Ausubel da fácil explicación a los acontecimientos de la Semana Santa porque la piedad popular –es decir, todo lo referente a las cofradías y estaciones de penitencia- arrojan datos al pueblo y cada persona receptora sabe encajar esa información en su -muchas veces ignorado- proceso educativo. Así como el niño recién nacido, e incluso en los nueve meses anteriores, ya recibe informaciones que sabe encajar naturalmente  en su interior –aprendiendo y educándose progresivamente-; así como el niño sabe poner de manera innata un gesto de risa o de llanto aún si poder hablar; así como el niño que contempla las escenas de la Semana Santa sabe preguntar por el dolor, por el llanto, por los clavos, por las llagas y los padres les explican; así es el proceso significativo que educa al niño en esos misterio. También los mayores acuden a ver pasar a Jesús y a María en un momento dramático con su gesto de dolor, perdón o misericordia, siempre llevados con serenidad y amor; todo el mundo sabe interpretar la expresión musical que habla por sí misma. Todo es un proceso educativo perceptible y comprensible.

Pero el proceso va más allá de esos signos externos y materiales; no llevan únicamente a cosas históricas, a un dolor humano o a una expresión del arte que satisfacen a la vista o al oído; todo ese conjunto se signos llevan  hasta el verdadero Signo que es la Palabra y la Eucaristía, no en vano hablaba Juan Pablo II de la importancia de la Mesa del Pan y de la Mesa de la Palabra. Las imágenes hablan por sí solas. Las personas necesitan los signos de imágenes, maderas, músicas, vestimentas, oro, plata, sedas y terciopelos, pero quizá se queden cortos si no llevan a la Verdad, aquella que Pilato –muchas veces presente en los pasos de la Semana Santa- eludió por no querer ser responsable con la Verdad y prefirió salvar un puesto político concediendo la condena de un inocente a un sector del pueblo que se lo pedía sin compasión humana.

Todas las cofradías de Semana Santa tienen una razón de ser que es el culto a ese Gran Signo –Jesús de Nazaret- que muere por salvar a la humanidad y las salidas de las imágenes no es tan sólo algo del folklore popular, sino es un modo del aprendizaje significativo de David Ausubel porque la persona se enfrenta a la contemplación de una escena misteriosa que interpela a su interior y le hace ver que el buen comportamiento, el amor a las personas, el sufrimiento por la persona amada, el acompañamiento y otras bienaventuradas actitudes son el camino de la felicidad que cada ser desea y que se escapa de la rutina diaria porque pertenece al marco de lo sagrado.

Cuatro principios educativos

José Luis Font Nogués

Los focos educativos son como las piedras preciosas engarzadas en el oro de la humanidad. Así, educar es tarea de orfebrería fina apasionante y absorbente que, inevitablemente, se desborda de la inteligencia, de la voluntad y de la creatividad del educador.

Es grato comprobar que el buen metal humano se deja trabajar con docilidad en busca de una obra de arte intensamente querida: el estilo personal de cada alumno, de sus padres, de sus madres y de cada profesor, que desean hacer vida un proyecto educativo.

Ser educado es cuestión pedida, deseada, permitida por toda persona que –aunque no lo supiera- quiere alcanzar la plenitud de su ser y confía en alguien que le pueda ayudar.

El respeto a la persona es un primer principio de vida indispensable. Confiamos en que cada persona se pueda valer por sí misma después de observar buenos modelos, de contactar con lo bueno, de hacer lo bueno, ¡de ser bueno!

Este respeto personal es universal en el tiempo, en el espacio y en toda época de la vida de cada persona, desde el instante de la concepción hasta el agotamiento natural de su vida. En medio de ese proceso la persona también merece respeto cuando tenga ideas y actuaciones acertadas o desacertadas, que en cualquier caso hay que ayudar.

Como segundo principio, el amor a lo bueno –lo único que por naturaleza se puede querer- hará que nos desvivamos por hacer presente el bien en cada expresión personal. Cada persona valiosa en sí misma y digna de admiración. Los errores e incapacidades hay que ayudar a solucionarlos. Si el educando desea, el bien siempre aflora y reluce.

La espera, el detenimiento, la contemplación, es un tercer principio a tener en cuenta, y es propio del amor. Es el enamorado quien espera el encuentro con la persona amada. El educador mira a su alumno y –suspendido el tiempo- ve plasmada la hermosura de todos los bienes dejados caer en él, cada uno en el momento oportuno: la apertura a las capacidades, la consolidación de hábitos y valores, más la puesta en marcha de toda esa riqueza plasmada en un estilo personal de vida. El educador detuvo el tiempo para que su educado fuera saboreando cada observación que le interesó, observación hecha a la medida de lo bueno.

En cuarto lugar, el impulso o estímulo es el principio de lo vital. El vivir hay que orientarlo; el buscar el bien hay que estimularlo. Loco debe ser el que no tiende al bien, el que no lo busca, el que no ama lo bueno con pasión. La pereza es ceguedad ante el bien, es parada irresponsable ante el movimiento inevitable hacia el bien.

Por tanto, el respeto a la persona, la contemplación de lo bueno de cada ser, la espera a que cada persona haga lo bueno, la contemplación ante la riqueza que manifiesta el bien material o espiritual, el estímulo para hacer el bien, el impulso para incorporar valores, son principios para tener siempre en cuenta y consolidar en los protagonistas de proyectos educativos  mirando a que reine la civilización del amor: amor al Bien, a la Vida, a la Persona, al trabajo bien hecho, a la dignidad humana.

Pedagogía del deseo

El miércoles 7 de noviembre de 2012 tuvo lugar en la Ciudad del Vaticano la tradicional audiencia semanal de Benedicto XVI. En ella trató del tema de la Fe en el orden trascendente y espiritual, como es propio de su competencia, pero lanzó una propuesta que  también afecta al ámbito educativo de la persona: la pedagogía del deseo.

Decía: “El deseo humano tiende siempre a determinados bienes concretos, a menudo de ningún modo espirituales, y sin embargo se encuentra ante el interrogante sobre qué es de verdad «el» bien, y por lo tanto ante algo que es distinto de sí mismo, que el hombre no puede construir, pero que está llamado a reconocer. ¿Qué puede saciar verdaderamente el deseo del hombre?”

“El hombre, en definitiva, conoce bien lo que no le sacia, pero no puede imaginar o definir qué le haría experimentar esa felicidad cuya nostalgia lleva en el corazón”.

Propone Benedicto XVI que sería de gran utilidad promover una especie de pedagogía del deseo que comprendería dos aspectos.

Primer aspecto: “Aprender o re-aprender el gusto de las alegrías auténticas de la vida”.

Efectivamente, “No todas las satisfacciones producen en nosotros el mismo efecto: algunas dejan un rastro positivo, son capaces de pacificar el alma, nos hacen más activos y generosos. Otras, en cambio, tras la luz inicial, parecen decepcionar las expectativas que habían suscitado y entonces dejan a su paso amargura, insatisfacción o una sensación de vacío”.

Para ello habría que “educar desde la tierna edad a saborear las alegrías verdaderas, en todos los ámbito de la existencia: la familia, la amistad, la solidaridad con quien sufre, la renuncia al propio yo para servir al otro, el amor por el conocimiento, por el arte, por las bellezas de la naturaleza”.

Ello implica “ejercitar el gusto interior y producir anticuerpos eficaces contra la banalización y el aplanamiento hoy difundidos”.

Pero también “los adultos necesitan redescubrir estas alegrías, desear realidades auténticas, purificándose de la mediocridad en la que pueden verse envueltos. Entonces será más fácil soltar o rechazar cuanto, aun aparentemente atractivo, se revela en cambio insípido, fuente de acostumbramiento y no de libertad”.

Segundo aspecto: “No conformarse nunca con lo que se ha alcanzado”

Precisamente «las alegrías más verdaderas son capaces de liberar en nosotros la sana inquietud que lleva a ser más exigentes”. Lo finito y caduco no puede satisfacer suficientemente y la persona constantemente busca un algo más.

“Aprenderemos así a tender, desarmados, hacia ese bien que no podemos construir o procurarnos con nuestras fuerzas, a no dejarnos desalentar por la fatiga o los obstáculos”.

Esta propuesta habla de vencimiento personal y de búsqueda habitual de lo bueno, lo que coincide con un estreno y reestreno constantes, diarios, síntoma de juventud. Sólo el espíritu joven está en condiciones de desear lo bueno y estrenarlo cada día con ilusión. La persona y la sociedad no pueden ser viejas, no pueden estar agotadas, deben mirar a los niños, aprender de ellos la novedosa “búsqueda del bien” llena de interés. La búsqueda conduce al deseo de lo bueno y ese deseo lleno de verdad hace ser capacitado para el goce y la felicidad.